11 y 12.07.2009:
Bogota, ciudad de contrastes como todas las capitales de América del Sur, aunque quizás no tan acusados en los extremos (en cuanto a cantidad, porque lo que es en calidad... tela). En otras ciudades de este continente esos extremos los marca la pura y simple pobreza, si bien es cierto que es una pobreza superlativa y porcentualmente muy importante, pero aquí no, aquí los extremos no obedecen a la pura y simple pobreza, ni son mayoría, es algo mas. Los mendigos que se ven están en un grado tal de abandono, suciedad y decadencia, durmiendo en el puro y desnudo suelo en un grado de inconsciencia tal que no los despiertan ni con dinamita.
El centro histórico es pequeño, bastante pequeño comparado con su tamaño, pero de una gran riqueza. Son especialmente importantes sus museos. El del Oro es algo único en su genero, tanto por la riqueza de la colección que atesora, como por la genial distribución de sus piezas que te van conduciendo, sala a sala, por su historia, la de la metalurgia, su extracción, métodos de fundición y aleación, trabajo artesano y orfebre, utilización, simbología, ritos asociados a su uso, etc., etc., etc.. Y todo esto muy bien explicado con documentales, presentaciones, audios y videos, etc. y sobre todo... sus impresionantes piezas que te van mostrando de forma visual todos los pasos anteriores. Al igual que ocurre con la cerámica, que es el soporte gráfico de las sociedades que la producen, representando hasta los mas nimios detalles de la vida de esos pueblos, la orfebrería hace algo similar pero en la dimensión mas animista, espiritual y religiosa de esos mismos pueblos: a quien adoraban, en que creían, cual era su mitología, como se adornaban, que rituales oficiaban a sus dioses, que ofrendas les entregaban, etc., etc..
Tienen ademas otros excelentes museos con notables colecciones de arte sacro, moderno (en especial unos notables cuadros de impresionistas franceses muy buenos) y el Museo Botero, su artista por excelencia, con sus cuadros y esculturas atiborrados de "gordos" con sus formas redondeadas, rollizas e infantiles.
También aquí en Bogota la presencia policial y militar es notabilísima. Durante el día todo parece normal, pero llegando la noche (aquí y ahora oscurece a las 6:30), la ciudad se despuebla y todo el mundo te aconseja que no salgas y, si lo haces, no lo hagas solo (nada nuevo, por otro lado, en estos lares).
Entre policías, militares y seguridad privada (una verdadera legión dedicada, teóricamente, a tu seguridad) deban tocar a uno por cada tres ciudadanos. A pesar de lo cual la gente no parece sentirse segura, por los comentarios que te hacen. Y no les debe faltar razón. En cada calle en donde haya un organismo oficial (siendo la capital y en el centro es prácticamente imposible que no haya, al menos, uno por calle) la calle esta cortada al trafico rodado y para poder pasar los peatones debes mostrar cualquier clase de bulto que lleves: maletín, bolso, mochila, etc., y pasar el detector. Ademas llevan unos enormes perrazos tipo doberman y pit-bull que te olisquean (por su pinta no se si lo hacen para detectar explosivos o para ver si eres comestible).
Otra cosa que llama la atención es que en los transportes públicos, junto a las típicas normas recomendando que no tapes las puertas, que no fumes, etc., hay carteles pidiéndote que no portes armas de fuego en los mismos. ¡¡Aquí debe ser eso como allí llevar móvil!!.
Durante el día y, en especial, de 5 a 7 de la tarde, las calles eclosionan de gentes por todos lados: a los miles de peatones se suman cientos de vendedores callejeros que instalan sus cuatro cosas sobre las aceras, los vendedores de comida encienden sus braseros y todo bulle de vida y actividad. De igual manera que esta especie de fenómeno aparece, desaparece con la luz del día, quedando solo algunos residuos en los lugares mas céntricos.
Aquí, como en todos los pueblos y capitales de América del Sur, parece mantenerse el sistema medieval de los gremios, en lo que a comercio y artesanos se refiere. En una misma calle te encuentras docenas de tiendas, una tras otra, que venden exactamente lo mismo: zapaterías, ferreterías, tiendas de muebles, talleres de la misma especialidad, etc., etc.. No se, lo mismo es bueno para favorecer la competencia.
A pesar de todo lo dicho, los colombianos son gente adorable, amable, dialogante, servicial, alegres y vitales. Es un placer mezclarte con ese tropel humano y deambular por sus calles llenas de vida y... ¿de peligro?.
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